Kirchnerismo: ¿gobierno o governance?

 

di CESAR ALTAMIRA

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 Nos proponemos avanzar en la caracterización política del kirchnerismo y su proyecto; entender el llamado modelo y dar cuenta de la importancia de la narración oficial en la construcción del consenso alcanzado por el gobierno, así como la persistencia de lo viejo y el despuntar de lo nuevo en el peronismo gobernante.Discutiremos también algunas ideas difundidas en recientes análisis con relación al gobierno de los Kirchners que nos sirven de contrapunto; en especial los trabajos escritos por Mellino y por Mezzadra (este último en menor medida) difundidos en el sitio de la Uninomade 2.0 italiana, hace unos meses. Desgraciadamente, debemos aclarar, no se cuenta con la traducción española de dichos trabajos.
                La heterogeneidad propia de las sociedades latinoamericanas promovida en los últimos tiempos por las políticas neoliberales y el avance del capitalismo cognitivo, plantea la posibilidad de construcción de una governance post neoliberal. Sólo la posibilidad, la potencialidad de dicho evento. Es difícil avanzar en el análisis que pretende globalizar al conjunto de las sociedades latinoamericanas en función de sus heterogeneidades y diferencias manifiestas. La globalización del análisis, si bien tiene el encanto de la totalización, al mismo tiempo presenta el peligro de generar extrapolaciones erróneas, simplificadoras. Por ello es que en el trabajo que presentamos otorgamos una particular importancia a lo simbólico a los imaginarios sociales, a los tabúes surgidos de las prácticas históricas  en el país, a sus lealtades, fidelidades y tradiciones políticas donde abrevan las luchas del ayer y del presente. Sostenemos la hipótesis de que, a pesar de los profundos cambios operados en la sociedad argentina en los últimos veinte años, que la volvieron más heterogénea, más singular, menos fordista y más cognitiva, el kirchenrismo ha podido gobernar y alcanzar consenso político debido a formas de gestión que remiten más a la tradición y práctica de gobiernos republicanos, que al desarrollo de una governance postmoderna. Se trata de un fenómeno cuyas causas abrevan en la fuerte impronta que el peronismo ha dejado en la sociedad y en la historia política del país. Por ello no compartimos la tesis de Mezzadra acerca que nos encontramos frente a la crisis definitiva del estado de desarrollo. Debemos examinar esta categoría en el marco de la larga historia latinoamericana respecto a las concepciones desarrollistas y a las de la teoría de la dependencia. Sólo en ese marco nos parece apropiada analizarla. No parece que la productividad política del kirchnerismo se asiente en una discontinuidad con respecto al modelo nacional desarrollista, ni que la adhesión a dicha política sea pura retórica. Las nacionalizaciones promovidas (Correo Argentino, Aguas Argentinas, Aerolíneas Argentinas y últimamente Repsol-YPF), las apuestas a la revitalización del mercado interno, el impulso a las políticas de industrialización y de sustitución de importaciones relativizan por sí mismas dicho abordaje (Mezzadra). No son sólo gestos  declamatorios. Luego de la noche neoliberal reconocemos la existencia de un desarrollismo resucitado. Mixturado e impuro; de patas cortas, sin duda, pero desarrollismo al fin. Es cierto que el capitalismo cognitivo cuestiona y quebranta los conceptos de ciudadanía y representatividad política; que vuelve obsoleta la imagen del representado en y por el estado; que vuelve anacrónico reclamar derecho a los derechos sociales asentado en la relación salarial fordista. Sin embargo, a pesar de ello debemos reconocer que el kirchnerismo ha resultado exitoso en recrear en el imaginario social del nuevo siglo los recuerdos y nostalgias propios de la vieja época peronista. Mientras deja de lado las pesadas cargas de lo que “falta por hacer”: precariedad laboral, informalidad laboral, pobreza sostenida, un 75 % de la fuerza de trabajo fuera de las convenciones colectivas de trabajo, salarios que no alcanzan, salud privatizada etc. En ese fenómeno se asienta en todo caso la anomalía argentina, el hecho maldito del peronismo.
0.1    Gobierno kirchnerista

El kirchnerismo se propuso obturar toda continuidad a la iniciativa y creatividad política que alumbró en el 2001; buscó recomponer de manera perentoria la crisis de representatividad que estalló para esa época. En efecto, no solo no incorporó el 19-20D como antecedente que permitiera iluminar una nueva etapa, sino que, por el contrario, consideró que su fortaleza política solo podía construirse dejando atrás ese acontecimiento, leído por el oficialismo  como el hecho maldito producido por el neoliberalismo, suceso anárquico que había desmadrado toda organización u organicidad política tras la consigna del “que se vayan todos”. Por ello es que, cuando en los últimos días de febrero de este año, en ocasión del accidente ferroviario que dejara 51 muertos, se volvió a corear la consigna de “que se vayan todos” el kirchnerismo estremeció de pánico. Debemos aclarar que esta consigna englobaba a la dirigencia de los partidos políticos,   de los sindicatos, banqueros y empresarios, pero no mucho más allá de estos. En discrepancia con aquellos análisis que ven en el 2001 la expresión más alta de las luchas contra el neoliberalismo, la gesta del 2001 debe ser entendida como la primera gran irrupción del nuevo sujeto político a que diera lugar las políticas neoliberales en Argentina, y, seguramente en Latinoamérica. Su potencialidad política solo puede medirse si se tiene en cuenta que por primera vez en la historia política del país, un gobierno elegido por el voto popular fue derrocado por una insurrección popular. Por ello, el kirchenrismo no se propuso negociar ni consensuar con esa subjetividad política emergente, sino, por el contrario, anularla, disolverla,  cuando menos devastarla y recrear, en su reemplazo, viejos o dóciles sujetos y construir nuevas subjetividades, manejables desde el poder político. En última instancia recuperar para el poder del estado, la soberanía cuestionada tras la crisis de representatividad que había  transparentado el 19-20D. Encarnar el Termidor del 19-20D.
                Frente a la crisis de la soberanía estatal agudizada con la globalización,  la teoría política moderna, ha incorporado el concepto de governance como tentativa de inscribir los conflictos sociales y los procesos administrativos tras mediaciones particulares, puntuales y singulares del poder soberano. Lejos de reducir la governance a una versión posmoderna de larazón de estado, la teoría intenta mostrar cómo el concepto de praxis de la governance explica la desaparición de la tradicional definición de gobierno.  Se trata de la construcción de nuevos caminos ante la crisis de la representación. La governance en ese contexto no se referencia en esquemas trascendentales ni estructuras fijas y predeterminadas, sino en formas aleatorias de gobierno que dominan por sobre la contingencia; lo que algunos han llamado el“constitucionalismo sin estado” (Teubner) La governance intenta entender al orden social sin representación, sin restaurar el régimen de representación, propio de los regímenes republicanos. En última instancia, no salda la crisis de representación sino que la gestiona. Es posible afirmar que la governance es un espacio abierto de lucha y conflicto entre el poder de la soberanía y el contrapoder de lo social (Negri-Hardt, Commonwealth)
                Sólo en este último sentido es posible hablar de una governance postneoliberal kirchnerista. Los planes sociales kirchneristas, como continuidad de los planes duhaldistas, persiguieron un objetivo central: contener el desempleo y la marginalidad urbana y del conurbano nacional, a la espera de la generación de nuevos empleos, y, paralelamente, desactivar la tensión social que pudiera sacar de cauce político y cuestionar los intentos oficiales por recuperar la legitimación política  perdida. La permanente invocación oficial a la reconstrucción del  imaginario político peronista asentado en la independencia económica, la soberanía política y la justicia social apuntala esta idea. Resulta por lo tanto inapropiado proyectar en el kirchnerismo (como apunta Mellino) la voluntad de construir una governance, como mecanismo político post soberano, capaz de producir un dispositivo de control y de captura de la fuerza inmanente que se expresara  el 19-20D.  El kirchnerismo se propuso superar la crisis de representatividad manifiesta. Y podemos decir que este objetivo, en gran parte cumplido, constituye uno de sus principales éxitos. El kirchnerismo representa el Termidor del 19/20D que expropia la política constituyentedel 19-20D, presentada socialmente bajo el carácter de destituyente. Avalar la idea de una governance kirchnerista (Mellino) supone aceptar que el kirchnerismo, consciente o inconscientemente, se propuso la construcción de un nuevo tipo de gobierno que, incorporando su relación con los movimientos, fuera más allá del clásico concepto republicano. Esto es, reivindicar y apuntalar la construcción de un espacio productivo común asentado ahora en la productividad social y política de los movimientos de desocupados y pobreríos del conurbano, así como en la solidaridad y en el trabajo comunitario de larga tradición social en estos espacios sociales.
                La instancia de governance kirchnerista, si hubo algo que tendiera a ello, quedó reducida al corto tiempo llamado de la transversalidad. Esta construcción política fue propuesta por el oficialismo en sus comienzos pero rápidamente abandonada en 2005. No parece apropiado hablar de una ruptura o discontinuidad evidente con relación a gestiones políticas peronistas precedentes. Sí es posible hablar de modalidades y/o formas diferentes de construcción política y elección de interlocutores entre Néstor Kirchner (NK) y Cristina Fernandez de Kirchner (CFK).  Si con NK el gobierno se recostó en el Partido Justicialista y en la estructura partidaria del conurbano bonaerense (los llamados barones del conurbano), o en las clásicas estructuras sindicales (CGT y  Moyano), con CFK los aliados de la familia mutaron a La Campora, estructura política de jóvenes de elite, profesionalizada, vertical y de alto acatamiento al poder del gobierno, construida no desde los territorios sino desde las alfombras del poder. La Cámpora se ha visto catapultada en los últimos tiempos a la gestión de las políticas públicas (Aerolineas Argentinas, YPF, ex- COMFER, Autoridades legislativas naciones y provinciales, ANSES regionales, Directorios de empresas privadas con participación accionaria del ANSES, puestos en Ministerios Nacionales de segunda línea, numerosos nombramientos en el estado),  fenómeno que la acerca más a una burocracia orgánica de estado que a las formas históricas de gobierno peronista. En este aspecto radica la novedad del kirchnerismo, más concretamente la del 2º mandato de CFK. Por ello es que la construcción de una governance kirchnerista asociada a los movimientos sólo puede analizarse como expresión de deseos coligada a una benevolente lectura del oficialismo. Los movimientos fueron dejados de lado por el kirchnerismo a partir de 2005 y los dirigentes de los movimientos, cuando fueron incorporados a una tarea de gestión oficial, lo hicieron  formando parte de una política de cooptación del gobierno.
El llamado “retorno de la política” incorporado al discurso kirchnerista se asienta en la negación del 2001 como proceso de creatividad política y explosión de una nueva resistencia transversal que hibridizó los sectores medios pauperizados por la crisis,  los desempleados alcanzados por las políticas neoliberales y los nuevos trabajadores autónomos generados por la cognitivización del capitalismo. Para el kirchnerismo se trataba de encausar el proceso referenciándolo en el “glorioso” pasado peronista alejándolo de la propuesta anárquica que proyectaba un futuro incierto para el país. Si es posible hablar de un retorno de la política, éste se corporiza en la política destituyente del 19-20D, antes que en la política instituyente del kirchnerismo (recuperación de la trascendencia de la representatividad).
1.0 Peronismo aggiornado al siglo XXI

¿Cómo podemos calificar al proyecto político kirchnerista? Básicamente el kirchnerismo se propuso recrear el movimiento peronista, aggiornándolo y modernizándolo de acuerdo a los nuevos tiempos. Adaptando las viejas banderas peronistas al siglo XXI: a) reemplazo de lasoberanía política de los 50’s y 70`s, que diseñaba un enfrentamiento aislado del estado nación con el imperialismo estadounidense, por un regionalismo latinoamericano, apoyado ahora en la construcción de la UNASUR y en el fortalecimiento del MERCOSUR; el slogan político de “el nuevo siglo nos encontrará unidos o dominados” toma cuerpo en la regionalización latinoamericana;  b) sustitución de la exclusividad otorgada al “movimiento obrero organizado” como pivote del movimiento peronista, por una base ampliada que incorpora también  a la estructura partidaria del conurbano bonaerense (continuidad con la política duhaldista), así como a los movimientos sociales más afines: Movimiento Evita, Frente Transversal, Kolina, y sus destacamentos provinciales, la Jaurectche etc. y, como dato relevante, a los Movimientos de DDHH cooptados: MPM, Abuelas e HIJOS; c) valoración de la justicia social, ahora tras la continuidad de los planes sociales iniciados por el duhaldismo, como forma de paliar y superar la desigualdad social generada por el neoliberalismo; d) reindustrialización del país en la perspectiva de la independencia económica,  luego de la política de “valorización financiera” (sic)  y destrucción de  la industria nacional por el neoliberalismo, como forma de alcanzar el pleno empleo, integración al mercado mundial y superación de la pobreza; d) utilización de la renta diferencial de la tierra, de la renta petrolera y últimamente de la renta minera, como manera de subsidiar a la industria nacional (vía créditos de bajo interés, desarrollo de obras de infraestructura, etc.) así como sostén de los planes sociales, que permitan amortiguar la pobreza mientras el crecimiento, al incorporar nuevos sectores, se derrama sobre la sociedad.  Es lo que el discurso kirchnerista ha llamado modelo de acumulación con inclusión social. Quizás los intentos de revival remozado del peronismo, puedan sintetizarse en la imagen de Evita que, como trasfondo, acompaña casi permanentemente las ya frecuentes apariciones públicas de CFK por TV, pareciendo revelar una obstinada búsqueda  de asimilarse con quien fuera la “abanderada de los humildes”.

1.1 Disciplinamiento y control

Toda realidad política, presenta sus aspectos contradictorios. Luego de lo dicho debemos reconocer que han habido puntos de ruptura con el viejo peronismo, fundamentalmente en la gestión de CFK. Algunos elementos ya los hemos mencionado. Así, las invocaciones de CFK a una solvente gestión profesional en la recientemente expropiada Repsol-YPF, como forma de administración eficiente y necesaria, dan cuenta de esta discontinuidad, en la medida que el peronismo nunca privilegió el concepto de eficiencia en el manejo de la res pública. Por el contrario, siempre antepuso la función de estado protector y de bienestar social a la de un estado eficaz en el manejo administrativo. Todo indica que estamos también ante la constitución de un estado que,  alejado del imaginario peronista de prioridades y acciones estatales de protección social, se muestra propenso a la construcción de un campo burocrático estatal atento a la gestión gubernamental y en línea con la construcción de un espacio de disciplinamiento de los sectores más díscolos de la sociedad. La ley antiterrorista, recientemente promovida por el ejecutivo, induce a pensar más bien en intentos de disciplinamiento del trabajo precario e informal de las capas más bajas de la sociedad, que en la construcción de un campo estatal  con sesgo fuertemente social. La criminalización de la protesta social, pretendiendo doblegar y poner en caja a los sectores de clase trabajadora post industrial, más reticentes a aceptar la precarización del trabajo asalariado (fábrica Kraft), marcan los límites que acepta el nuevo Leviatán a los que deberán ajustarse los “ciudadanos de bien”.  La ley antiterrorista (adjetivación que parece toda una ironía en el lenguaje kirchnerista) satisface una exigencia del organismo internacional GAFI y cumple un doble papel de control. Son ellos la identificación de los activistas sindicales y el de disciplinamiento, en la medida que criminaliza la protesta social al penalizar a su dirigencia. La política del estado se mueve entonces, contradictoriamente, entre la transferencia de recursos y generación de programas hacia los de abajo, y la penalización  de los mismos individuos. La reiterada desacreditación de la protesta social por CFK con relación a las protestas de los trabajadores de Subterráneo de Bs. As., con relación a la lucha de los maestros y últimamente con relación a los cortes de rutas, es reveladora de la intolerancia para con quienes cuestionan al gobierno paso previo a la criminalización de la protesta. Este perfil de estado, que mixtura de manera sobredeterminada el disciplinamiento y el control, es indicativo de la anomalía argentina. Cuando mundialmente asistimos al debilitamiento de la sociedad disciplinaria y la consolidación de la sociedad de control, en nuestro país esa transición se presenta de manera dudosa, imprecisa, con retrocesos y  vacilaciones; distorsionada y de manera ambigua.  En esa perspectiva se enmarca también las políticas sociales del gobierno y la singularidad argentina.
  1.2 Crecimiento, sintonía fina y workfare.

Debemos ser capaces de dejar de lado el cotillón que arropa el relato épico oficialista, de poder exponer sólo una delgada pátina de verosimilitud, para avanzar en un análisis del kirchnerismo que deje de lado toda adjetivación que eluda el análisis (complejodifícil,entrecruzado, lo que falta etc.) así como los intentos de proyección de una historia pasada que no corresponde, a cuya sombra se intenta cobijar al gobierno del presente, mientras se acude en el análisis a categorías más adecuadas y próximas a las de los países capitalistas centrales que terminan dejando de lado la historia viva política de nuestro país. Es cierto que el kirchnerismo leyó correctamente algunas de las demandas del 19-20D, pero ello no autoriza a afirmar que transformó en política constituyente las exigencias insurreccionales (Mellino). Antes bien, todo indica que puso en marcha, deliberadamente, una política oportunista que le permitiera afianzarse y superar su pecado original: había asumido con el 22% de los votos (Menem, que se retiró de la segunda vuelta había obtenido el 24%). Por lo demás, debemos recordar que su ministro de economía hasta fin del 2005 fue R. Lavagna, el mismo ministro de Duhalde, quien dirigió las negociaciones de la quita de la deuda externa y marcó  las líneas directrices de la recuperación económica en el gobierno de NK apoyada en  el impulso del consumo, las retenciones, precios favorables de las commodities y la baja inflación, hasta su renuncia. Debemos reconocer que NK recompuso la Corte e impulsó una política de DDHH en oposición al duhaldismo precedente, ambas medidas verdaderamente progresistas en un país donde la Corte de Justicia había perdido toda credibilidad ante la llamada mayoría automática y donde el juicio y castigo al Terrorismo de Estado había quedado relegado al Juicio a la Junta de Alfonsín.
En su ascenso al gobierno el kirchnerismo  “tropieza” con una revolución en el agro que, iniciada tiempo atrás, había casi duplicado la producción agrícola y con una coyuntura de precios internacionales altamente favorable que cuestionaba, cuando menos, al famoso “deterioro de los términos de intercambio comercial” cepalino. El alineamiento casi automático con los “idus de marzo”, (solo un imberbe lo hubiera dejado de lado) y la continuidad de la política iniciada por el tándem Duhalde-Lavagna hará el resto. El modelo se apoyaba en una tasa de cambio elevada, que recogía la devaluación postconvertibilidad  generadora de la fenomenal transferencia de ingresos del trabajo (L) al capital (K) y de un importante crecimiento del PBI. Las retenciones acordadas con el agro, e implementadas desde el gobierno de Duhalde, constituyen la otra pata del modelo. El doble superávit fiscal y comercial, se asentó en el crecimiento sostenido del precio de las commodities,  las retenciones que aseguraban el superávit fiscal y en la actividad económica apoyada en el consumo creciente impulsado por el gobierno que utilizaba la capacidad ociosa instalada sin necesidad de nuevas inversiones. El crecimiento de la economía a tasas casi insospechadas, la recuperación del empleo (donde el sector manufacturero se expandía a tasas del 7,5 % anual, mientras lo había hecho al 1,3 % en la convertibilidad) y un consumo en aumento fundado en la clase media y media alta, motorizado por salarios reales sostenidos, construyeron el apoyo al gobierno de NK. Sin embargo este crecimiento de la economía, empleo y consumo no puede soslayar el hecho de que mientras la economía creció un 58,5 % entre el 2001 y fines del 2008, los salarios reales crecieron un 8 % lo que evidencia la mencionada transferencia de ingresos del L al K que consolidaron la desigual estructura distributiva gestada en el neoliberalismo. La redistribución progresiva de ingresos (Asignación Universal por Hijo, extensión de la Jubilación a las “amas de casa”, política de subsidios en las tarifas de los servicios domiciliarios)  fue posible debido a los precios de la soja, que siguen teniendo altos niveles y permiten sostener un capitalismo agroexportador “voraz” que, si bien no puede asimilarse vis a vis con el modelo, como conducta extrema ha mostrado ser capaz de matar a quienes se le resisten (los Qom o Christian Ferreyra en Santiago del Estero).
Es posible hablar de síntomas actuales de agotamiento actuales de las condiciones internas que posibilitaron un crecimiento “fácil”, en momentos en que ya nadie habla del “blindaje argentino” y cuando la situación fiscal se deteriora. La reindustrialización que el gobierno presentara como su prioridad estratégica se ha estancado. Ocupa incluso un lugar menor que en los años 80´s y 90´s. Tres ramas concentran el 75 % de la actividad manufacturera (automotriz, metalurgia y minerales no metálicos) y, a pesar de la recuperación de los puestos de trabajo, no se alcanzó a superar el nivel de empleo de 1997. Las cinco actividades que concentraban en los 90´s el 60 % de la producción, hoy alcanzan al 67 %.  El crecimiento de la economía en estos años se realizó sin modificar la estructura productiva, sobre la base del aprovechamiento de las condiciones expuestas, -precios de los productos de exportación en alza, política económica expansiva y recuperación de la tasa de ganancia que siguió al brutal ajuste del 2001. Sólo los precios del “yuyo verde” (como así nombrara CFK  a la soja) en alza le dan al modelo una ya cuestionada vitalidad. La caída del superávit comercial, la continuidad del perfil exportador de bienes primarios, la dependencia del crecimiento económico de la importación de bienes de capital e insumos (energéticos incluso), los elevadísimos subsidios a grandes empresas reflejan que no se logró modificar ni las funciones de producción ni el comportamiento de los agentes económicos. La Argentina repite así experiencias pasadas aprovechando condiciones coyunturales para recomponer la economía mientras se erosionan sus condiciones para un sostenimiento dinámico sin superar la frágil y subordinada inserción internacional.
El deterioro de las condiciones ha conducido a CFK al planteo de la sintonía fina, cuando el superávit fiscal que acompañara al modelo ha quedado atrás y reaparece el viejo desbalance que acosara a las finanzas públicas. Sin los auxilios del Banco Central y los intereses de los fondos depositados en el ANSES (organismo recaudador de los aportes previsionales de los activos y quien paga las jubilaciones) parece poco probable que cierren las cuentas fiscales. La magnitud del problema fiscal salió a flote con el plan de recorte de los subsidios a los concesionarios de los servicios públicos, cuyas transferencias habían crecido en forma exponencial desde 2003.  Y aquel justificativo oficial sobre estos subsidios -como forma de mantener el consumo con bajas tarifas en el periodo post convertibilidad- pierde consistencia cuando se hizo público que dichos subsidios auxiliaron a las clases altas, hipódromos, juegos, casinos, y todo tipo de actividad suntuaria. Asistimos en estos días , expropiación de YPF de por medio, al revival de aquella retórica nacionalista, continuidad de los recientes discursos contra el colonialismo británico anclado en Malvinas, que nos retrotrae al conocido Braden o Perón del 47, como si nada hubiera ocurrido en estos 50 años de historia política mundial. Nacionalismo y defensa de los recursos naturales conceptos que desaparecen cuando se trata de las explotaciones mineras, donde la alianza con las multinacionales brilla como el oro socavón adentro. Todo sea por la codificación del relato kirchnerista.  En los últimos tiempos ha conseguido consenso social debido a la construcción de un relato que suplanta la realidad, mientras se aparta del slogan tan caro al peronismo “la única verdad es la realidad”. A pesar de que la expropiación de las acciones de Repsol ha transparentado el fracaso de la política energética del gobierno kirchnerista, el relato se mueve al compás del discurso nacionalista que busca ocultar esa frustración. “Soberanía energética”, proclama el oficialismo, “los recursos naturales son nuestros” gritan los nacionalistas. Lo cierto es que tras el nacionalismo retrógrado se oculta la falsedad de una supuesta soberanía energética en la medida que no hay modificación con relación al marco regulatorio de la explotación petrolífera que asegura a las petroleras libre disponibilidad en boca de pozo del petróleo extraído, más aún cuando la producción de la empresa expropiada alcanza solamente al 30 % de la producción total.
Paralelamente, la sintonía fina apuesta al control salarial -tope en los aumentos pactados en las convenciones colectivas- como forma de contener la inflación, mientras se hostiliza y desacredita desde el gobierno la resistencia que se oponga a esa medida (calificación  como extorsivas a las medidas de huelga y/o manifestaciones en la vía pública). En los últimos días el kirchnerismo modificó la Carta del Banco Central, rémora de la convertibilidad y de las políticas neoliberales, adecuándola para ampliar préstamos, transferir fondos para el pago de deuda y tapar así los baches financieros. Medida progresista que otorga al Banco Central autonomía monetaria, pesifica la economía y recrea el crédito. Este política fue rechazada por el establishment que promueve los ajustes clásicos, aborda la emisión como causal inflacionaria y remarca un atraso cambiario que obligaría a devaluar, con la consiguiente pérdida de poder adquisitivo de quienes menos tienen, al tiempo que critica el congelamiento de tarifas como algo antinatural.
El kirchnerismo en la realidad ha construido un excelente workfare en reemplazo delwelfare, continuando así las políticas de selectividad social propias del neoliberalismo, alejado de toda governance alineada con la productividad social. Pero no solo se trata de políticas sociales individualizadas bajo criterio del estado que selecciona las personas en situación de necesidad, sino que, simultáneamente, como es el caso de las mal llamadas cooperativas de trabajo en el Plan Argentina Trabaja, en el de los beneficiarios del Plan de Asignación Universal por Hijos, en el de las tarjetas SUBE para el transporte  y en varios planes asistenciales, los beneficiarios deben someterse a un fichaje que en los hechos funciona como un paso más en la política de control social alimentando el clientelismo político. Muchas veces se otorgan los subsidios o planes según criterios que resuelve la autoridad de turno.
Si bien CFK ha manifestado la intención de fundar una industria integrada mundialmente al estilo alemán, no existe plan oficial que permita afirmar que esta formulación no sea una simple expresión de deseos; por el contrario, el Plan Agroalimentario Nacional lanzado hace poco tiempo, proponiendo una meta de 157 millones de Tn de producción agrícola para el 2020 reafirma una política de integración mundial futura a través de los commodities.  Tampoco existen propuestas oficiales orientadas a la diversificación del aparato productivo que persigan la fabricación de productos de alta tecnología orientada al mercado mundial,  ni al  desarrollo del trabajo inmaterial, como supone Mellino.  Las torpes maniobras del Secretario de Comercio, Moreno, restringiendo las importaciones para mejorar el saldo de la balanza comercial, no puede ser interpretada como una política de sustitución de importaciones de alta tecnología; ni la distribución de las netbooks en las escuelas primarias puede ser  indicativa de políticas generadoras de desarrollo del trabajo inmaterial (Mellino). Calificarlas así nos parece un acto temerario. Desmesurado. En todo caso, sin dejar de valorizar la iniciativa oficial, esta decisión empalidece cuando nos enteramos que la fabricación y distribución de las netbooks son realizadas por Cirigliano, (concesionario del tren urbano que protagonizara el reciente accidente) empresario amigo, que hace pensar más en un negocio, que en el sustento de una política tecnológica de largo aliento.[1]
                Lejos del modelo del primer peronismo, hoy la gran mayoría de los trabajadores (75 %) no están encuadrados en organizaciones sindicales, ni amparados por convenios colectivos. Fenómeno novedoso del nuevo capitalismo que los gobiernos de los K no han tenido en cuenta. Son innumerables las referencias de CFK a la recuperación de las Convenciones Colectivas de Trabajo, como una de las grandes deudas saldadas por el gobierno con relación a los trabajadores, a pesar de que incorporan sólo al 25 % de la fuerza de trabajo, mientras se omite cualquier referencia al trabajo informal que aún persiste en niveles elevados (30 %).  Se suma a este cuadro de notable precariedad una desocupación que subsiste, acompañada de una inflación que, incluso los cálculos más optimistas, ubican este año en un 20 %.
Debemos evitar todo intento de quedar presos de aquellos análisis que, invocando la hegemonía política alcanzada por el kirchnerismo en las últimas elecciones -54%- nos relega casi a simples espectadores de un proceso de supuesta governance en curso. Esa lectura supone  una población homogéneamente encandilada por una política institucional que conduce a anular con los votos todo antagonismo social, maniatando los análisis a simples cuentas electorales.
2.0 La narrativa kirchenrista

El kirchnerismo ha sido eficaz en la elaboración de un discurso oficial que construye consensos al proclamar haber saldado una serie de necesidades y demandas sociales insatisfechas, mientras subsisten fenómenos que dice haber superado (pobreza, indigencia, informalidad laboral etc.) Ha tenido la virtud de distorsionar los hechos de gobierno. “Asistimos a la construcción de un relato oficial, que por vía de la negación, ocultamiento o manipulación de los hechos, pretende investir de gesta épica el actual estado de cosas”, dice acertadamente el documento liminar de Plataforma 2012[2]. Estamos frente a un gobierno que cuando ve afectado su caudal electoral o cuando se enfrenta a límites o carencia de recursos para administrar el conflicto, adopta dos caminos; o bien apela al imaginario simbólico de la experiencia política cultural argentina; o bien inmola en el altar del corto plazo las reformas estructurales que dice llevar adelante. La estatización de las AFJP puede analizarse bajo este razonamiento. Era absolutamente  imprescindible substraerle a los bancos el negocio financiero de las jubilaciones, aunque dicha medida no tuviera como contrapartida financiar la caja del gobierno (corto plazo), sino, en todo caso, garantizar el 82 % móvil de los jubilados y terminar con la lógica de la jubilación privada (reforma estructural). Es posible leer en igual sentido la reciente expropiación de REPSOL. Nada indica que la expropiación de YPF no convierta a dicha empresa en importadora de petróleo (corto plazo), mientras se permite que el resto de las empresas petroleras se apropien de la renta diferencial petrolera (reforma estructural).
La Ley de Medios ha funcionado también como otro de las grandes narraciones kirchneristas donde atrás de la supuesta democratización de los sistemas de información y comunicación que contiene, se oculta la construcción de una gran corporación mediática oficialista proclive a la construcción de un nuevo tipo de macartismo, eludiendo la posibilidad de la discusión política y el debate de ideas.
El kirchnerismo ha confiscado el discurso antisistema y antineoliberal, se ha apropiado de toda política progresista sobre todo en sus variantes más radicales[3], algunas de ellas producidas por la izquierda y los movimientos sociales, para convertirlo en un dispositivo político  de legitimación, disociando su práctica gubernamental de la ideología que dice representar, permitiéndole absorber, metabolizar y disolver muchas veces las resistencias sociales al interior de la propia institucionalidad estatal. Esta metabolización de la energía política de los movimientos sociales ha corrido en paralelo a su necesidad de denostar, difamar y tergiversar las ideas y posiciones de aquellos que oponen resistencia a su práctica política.  En esa perspectiva ha neutralizado la capacidad de reacción tanto de la derecha política cuanto de las organizaciones sociales. Por ello siempre está un paso delante de sus opositores. En virtud de que conoce de la inconformidad con el pasado (la larga noche neoliberal), es que puede remitir, en un juego de significados, toda crítica a su propia acción como tentativas de retorno al pasado y con ello legitimar su estrategia de poder: o con nosotros o contra nosotros.
 La narración kirchnerista se construye de manera casi invariable sobre la persistente provocación de que las opciones son el kirchnerismo  o los 90´s, el kirchnerismo o el pasado neoliberal, el kirchnerisnmo, vestido de ropaje nacional y popular, o la vuelta a las formas más salvajes de la dominación capital imperialista. Es en ese sentido que expresábamos el acercamiento a un extremismo de centro del kirchnerismo. No por el contenido de las medidas políticas tomadas, sino por la construcción y proyección de su relato.  En ese discurso todo está maquillado  por  enunciados vacíos de realidad y envueltos en grandes palabras. Debemos ser capaces de dejar de lado aquel discurso que proyecta la idea de que estamos viviendo gestas emancipadoras. Las cosas pueden y deben tener un nombre simple,  sin necesidad de grandes narrativas (soberanía nacional, emancipación nacional y popular, soberanía energética, liberación, patria) que fabrican una sociedad retórica que tuvo fecha de vencimiento hace ya unas cuantas décadas. La narrativa kirchnerista construye intocables, un relato mítico propio de una casta de sacerdotes a la que se le debe obediencia debida, un relato emancipatorio, liberacionista, misionero. Así, “los crecimientos nunca alcanzados en la historia económica del país”, tienen héroes y heroínas: NK y CFK.  El kirchnerismo congela toda posibilidad que la sociedad se sienta partícipe. El discurso de realizaciones autocentradas remite a las prácticas de la representatividad y donde los avances político no serían el producto de las luchas y la resistencia social, sino de la bendición de un poder trascendente cuyo cuerpo central y único es el propio gobierno. Esta modalidad de construcción pretende desarmar y desarticular toda resistencia dese abajo al apostar a un mecanismo de delegación que fortalece la anomia social y proyecta en su imaginario la existencia de un gobierno que resuelve las cosas por si mismo, todopoderoso, al mismo tiempo que promueve una sensación de impotencia, de debilidad interna en las fuerzas sociales.
¿Cuál es el aspecto definitivamente atrasado y retrógrado del kirchnerismo? El de invisibilizar al sector social que creció a la sombra de las políticas neoliberales: el trabajo a domicilio, el taller artesanal informal que explota fuerza de trabajo inmigrante, precaria, clandestina e ilegal, la red de trabajadores autónomos precarios dependientes de las grandes fábricas modernas. En fin esa nueva composición de clase a la intemperie de toda reglamentación laboral y sometida a la peor de las condiciones laborales donde efectivamente el tiempo de vida y el tiempo de trabajo se superponen.
            Todo parece indicar que en tiempos de globalización los éxitos alcanzados por eldesarrollismo kirchnerista tienen plazos acotados. Quizás uno de los mecanismos que  mejor refleja esta limitación se condensa irónicamente en la fuerte dependencia extractivista (sojera y minera) del modelo revelando de manera infausta la dificultad para alcanzar una integración mundial diferente. En estos tiempos, los límites del modelo debemos buscarlos no tanto a las contradicciones y resistencias internas que genera, como fue en los 70`s cuando una dinámica de movilización de masas inédita acabara con él que funcionaba en aquella época (un fordismotrunco), sino fundamentalmente en las limitantes externas (globalización y transnacionalización de las economías nacionales).

[1] Más allá de la propaganda y de los spots publicitarios del gobierno, en el 2003, año base que el kirchnerismo toma como comparativa, los gastos en Educación, Ciencia y Tecnología alcanzaron al 3,95 % del PBI; en 2009 al 6,45 % del PBI. Información en bruto que debe complementarse con otra adicional. Así, en el  2003 el gasto en educación fue el más bajo de la década, incluso por debajo del 2002. En el 2001, pico anterior, el gasto había alcanzado al 5,05 % del PBI. Por lo que el crecimiento real del gasto en educación durante el kirchnerismo ha sido mucho menor de lo que el gobierno difunde. Más aún, si se incorpora que en el rubro Educación en el año 2009 el gobierno incluyó el gasto originado en el programa “Futbol para Todos”. Tecnópolis es una síntesis perfecta de esta política del montaje: se trata de un show que más que mostrar nuestros adelantos tecnológicos trabaja como usina de nuevos mitos.
[2] Reunión de intelectuales críticos al gobierno de reciente formación, enero 2012, impulsada por las luchas últimas contra la megaminería, alternativa al grupo kirchnerista Carta Abierta nacido en julio de 2008 cuando el conflicto con el campo.
[3] El proyecto de Ley que perseguía la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final para el juzgamiento de los crímenes del terrorismo de estado nunca fue impulsado por la bancada kirchnerista; resistiéndose a su tratamiento hasta el momento en que dicha medida ganara el consenso del parlamento. Recién en ese momento el kirchnerismo se adueñó del proyecto y lo hizo suyo como si hubiera estado siempre de acuerdo. Igual tratamiento tuvo la Asignación Universal por Hijo, de la que el kirchnerismo se adueñó de una manera descarada: cuando Diputados había dado la media sanción, el ejecutivo se adelantó mediante un decreto de necesidad y urgencia autoproclamándose el verdadero artífice de la medida.


 

 

 

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