La Revolución Estudiantil Chilena 2011: Apuntes desde la Teoría Política Contemporánea, para una lucha en desarrollo

 

di RICARDO CAMARGO

Resumen: En este artículo se analiza la “Revolución Estudiantil Chilena de 2011”, desde los aportes proveídos por la teoría política contemporánea. En particular, se sostiene que la tesis de Antonio Negri y Michael Hardt sobre la subsunción real del trabajo es clave para entender que lo que experimenta la sociedad chilena es una revuelta de las condiciones del mercado de trabajo más que una mera movilización estudiantil. A su vez, la tesis del capital humano analizada por Michel Foucault permite situar específicamente el carácter de la revuelta en su inscripción de constitución subjetiva. Finalmente, se arguye que las lógicas de articulación desarrollas por Ernesto Laclau son claves para mejor interpretar un acontecimiento tan novedosos, masivo y democrático de articulación social como el ocurrido en Chile durante el 2011.

 

Revolución – Estudiantes – Chile – Movilización Social -2011

Las movilizaciones estudiantiles que han tenido lugar en Chile durante el 2011 se alzan como un acontecimiento en el sentido que Alain Badiou le ha dado a este término, esto es, como nos recuerda Žižek:

“[…] la idea [en Badiou] es que el acontecimiento es algo que emerge de la nada. Existe en la realidad positiva del ser lo que Badiou llama siete événementielle, el sitio potencial del acontecimiento, pero el acontecimiento es, digamos, un acto autónomo abismal, que se fundamenta a sí mismo. El acontecimiento no se puede derivar de, ni reducir a, un determinado orden del ser” (Žižek and Daly 2004: 136).

Pero ¿son realmente las movilizaciones estudiantiles que observamos en el Chile actual un acto autónomo abismal que no se pueden derivar de, ni reducir a un determinado orden material? Convengamos, que el propio Žižek ha rechazado esta manera de entender el acontecimiento por considerarla demasiado idealista, y ha planteado en cambio lo que me parece es un punto de inicio correcto para analizar fenómenos sorprendentes, como ciertamente son las movilizaciones estudiantiles a las que me estoy refiriendo. Nos dice Žižek:

“El problema materialista es cómo pensar la unidad del ser y el acontecimiento […] cómo un acontecimiento puede emerger desde el orden del ser…es decir, cómo el orden del ser tiene que estar estructurado de forma tal que algo como un acontecimiento sea posible” (Žižek and Daly 2004: 137)

Me parece que esta forma de aproximarse a un fenómeno novedoso, a saber, interrogarse por la forma en que la realidad debe estar estructurada para que un acontecimiento ocurra, es una buena manera de pensar las movilizaciones estudiantiles del Chile actual. Ello, ciertamente, no supone negar su carácter radicalmente novedoso que pudiesen tener, sino más importante aún, permitiría evitar construir una configuración de ellas que sólo realce su novedad. Y, por el contrario, acentué las mutaciones de la estructura productiva capitalista, y especialmente de las relaciones laborales, que tuvieron que afectar el orden de la realidad para que ellas, las movilizaciones estudiantiles, tuvieran lugar –una perspectiva que en la actualidad ha sido destacada por autores como Antonio Negri y Michael Hardt. Al mismo tiempo, ello permitiría hacer aparecer una dimensión siempre presente en todo acontecimiento político, como lo es la lógica de la articulación en el sentido técnico que Ernesto Laclau  ha dado a dicho término en varios de sus trabajos (1990; 1994; 2005).

 

De la subsunción formal a la real en el capitalismo global contemporáneo

En dicho espíritu de análisis, es preciso constatar primero que una de las mutaciones centrales que parece relevante rastrear para explicar la “revolución estudiantil chilena de 2011” es aquélla en la que Antonio Negri ha venido insistiendo al menos desde su texto El Trabajo de Dionisio (1994), pero que alcanza su consagración más explícita en Commonwealth (2010), ambos escritos en coautoría con Michael Hardt, me refiero a la predominancia casi total que ellos sostienen existiría hoy de la categoría de subsunción real en el capitalismo global contemporáneo.

La idea es que en el capitalismo contemporáneo la subsunción formal del trabajo por parte del capital de que hablara Marx ha dado paso a una subsunción total o real. Negri y Hardt, lo exponen en los siguientes términos:

“Según Marx, en la primera de estas dos fases, la subsunción formal, el proceso de trabajo es subsumido bajo el capital, es decir, queda envuelto en el interior de las relaciones capitalistas de producción de tal forma que el capital interviene como su director o su administrador. Sin embargo, en esta disposición, el capital subsume el trabajo tal y como lo encuentra; el capital se apodera de los procesos de trabajos existentes, desarrollados en modos de producción anteriores o en cualquier caso en el exterior de la producción capitalista. Esta subsunción es formal en la medida en que el proceso de trabajo existe dentro del capital subordinado a su mando como una fuerza exterior importada, nacida en el exterior del dominio del capital. El capital tiende, sin embargo, mediante la socialización de la producción y la innovación científica y tecnológica, a crear nuevos procesos de trabajo y a destruir los antiguos, transformando la situación de los diversos agentes productivos. De este modo, el capital pone en marcha un modo de producción específicamente capitalista. Así pues, la subsunción del trabajo se denomina real cuando los procesos mismos de trabajo nacen dentro del capital y por ende cuando el trabajo queda incorporado no como una fuerza externa sino interna, propia del capital mismo” (Negri y Hardt 2003: 40).

Negri y Hardt han sostenido que hoy esta tendencia hacia la subsunción real del trabajo al interior del capitalismo parece prácticamente total. La relevancia de esta tesis, es que no existiría un orden del trabajo exterior al sistema productivo capitalista. Es decir, no tendría sentido hoy concebir una caracterización del sistema capitalista global en donde convivieran “marginados o privilegiados de la tierra”, esto es, algún sector que por condiciones estructurarles esté o negativa o positivamente marginados formalmente del sistema productivo capitalista, como lo podrían haber sido en otros tiempos: la población inmigrante ilegal o los estudiantes o intelectuales. Aquellos sectores que llevaron alguna vez a un autor como Marcuse a imaginarlos como los protagonistas de una política emancipadora mundial en contra de la sociedad de capitalismo industrial avanzado (Marcuse 1968: 55; 2010: 254-255).

Significa ello, sin embargo, ¿qué en la etapa actual del capitalismo global, la tesis de la no exterioridad vaya de la mano de una total integración social, económica, política y cultural de los trabajadores? Ciertamente la respuesta no sólo es negativa, sino que lo que conviene apuntar aquí es a la operación de un particular tipo de ideología que permitiría la convivencia de una total interioridad de los procesos productivos, por una parte, con una alta potencialidad de explosividad social y eventualmente política, por otra (que por lo demás sería una de las claves explicativa de las movilizaciones estudiantiles del Chile actual).

En efecto, la idea que Negri y Hardt han rescatado, es aquella intuición que Marx formulara en un pasaje clásico de los Grundrise, en donde Marx dice:

“Conforme avanza la industria en gran escala, la creación de la riqueza real depende menos del tiempo de trabajo y la cantidad de trabajo invertida que del poder de los agentes puestos en acción durante el tiempo de trabajo” (Marx 1973: 596).

Negri y Hardt han leído ahí una observación clave que apunta al fondo del cambio cualitativo del capitalismo global contemporáneo, a saber: que con la introducción de la tecnología, la medición del rendimiento individual del trabajador deviene en imposible. Cito a Negri y Hardt:

“La fuente de producción capitalista se traslada del trabajo individual al social y por último al capital social, sobre todo en lo relativo a las innovaciones tecnológicas [...] Lo que no significa que el trabajo deje de ser la fuente creativa e innovadora de la producción y de la sociedad capitalista, sino que sencillamente el capital ha conquistado el suficiente poder como para mistificar de una nueva forma su papel” (Negri y Hardt 2003: 41).

Ahora bien, ¿cual es esta nueva forma en que el capital ha mistificado su papel?

Son el propio Negri y Hardt quienes la describen en un pasaje que cito a continuación:

“En el modo de producción específicamente capitalista, en la subsunción real, el trabajo –o inclusive la producción en general- ya no aparece como el pilar que define y sostiene la organización social capitalista. La producción asume una cualidad objetiva, como si el sistema capitalista fuera una máquina que marchara espontáneamente, un autómata capitalista. Hasta cierto punto, esta imagen representa la realización de un viejo sueño del capital: el de presentarse a sí mismo separado del trabajo, el de presentar una sociedad capitalista que no mira al trabajo como a su fundamento dinámico, rompiendo de tal suerte la dialéctica social caracterizada por el conflicto continuo entre capital y trabajo […] La imagen del mercado autónomo y el sueño de la autonomía del capital respecto al trabajo forman los pilares de la ideología capitalista contemporánea (aunque, como no tardaremos en comprobar, se trata de una ideología ilusoria), que prescriben al análisis económico la atención exclusiva a la circulación” (Negri y Hardt 2003: 41-42).

La ilusoriedad a la que se refiere Negri y Hardt es importante destacar acá. Es precisamente en dicha ilusión de un mercado autónomo del trabajo en donde ellos anidan su tesis polémica de la inminencia de la transformación capitalista. Lo que le interesa a Negri y Hardt destacar es que hoy el capitalismo aunque lo intenté no puede negar que basa su funcionamiento como nunca en una multitud de trabajadores pertenecientes a circuitos mayor o menormente reconocidos de producción. Más aún, hoy como nunca la proletarización o si quiere la configuración de un sociedad de trabajadores (aunque muchas veces no reconocidos como tal) es absolutamente palpable. A diferencia, insisto, del capitalismo del estado de compromiso en donde era plausible pensar privilegiados y marginados del trabajo, hoy lo que existe más bien es un trabajo pauperizado y muchas veces no remunerado, esto es, no reconocido como tal. De allí que el capital pueda ilusoriamente presentarse autónomo y también en algún sentido necesite dicho sueño de autonomía al que se refería Negri y Hardt para reafirmarse en su validez, pues, como nunca, vivimos una época histórica en el que no parece haber exterior al capital y éste depende directa y totalmente del trabajo. En definitiva, la reflexión de Negri y Hardt permite observar que seguiría existiendo una mistificación en el capitalismo actual. Una mistificación que quizás ya no esté alojada al nivel de las conciencias de los individuos que como Žižek lo ha destacado a menudo, “saben bien lo que hacen”, sino al nivel de las prácticas sociales, las que aparecen revestidas de una excesiva carga simbólica (tendencias, fama, afecto, solidaridad, generosidad, etc.) que las fetichizan e impiden ver lo que realmente son y que es en lo he venido insistiendo en esta presentación, a saber: trabajo no remunerado; trabajo cognitivo invisibilizado.

 

De la Subsunción Real a las Teorías del “Capital Humano”

Ahora bien, ¿cuáles son las consecuencias que de estas reflexiones podemos sacar para el análisis de las movilizaciones estudiantiles del Chile actual?

Lo que quiero sugerir, es que tomadas en su mérito, las lecturas de Negri y Hardt resultan particularmente útiles para referir al contexto estructural en que dichas movilizaciones tienen lugar. En efecto, “la revolución estudiantil chilena de 2011”, no pueden ser consideradas como una protesta de los excluidos (que ya no existen), sino apurando un término, más bien de los incluidos precariamente; todos ellos trabajadores, potenciales o actuales. Algo a lo que nuestros analistas de prensa local, sin mucho saber lo que dicen aluden cuando comentan periodísticamente “esto ya dejo de ser una protesta de estudiantes”. La pregunta en verdad que habría que hacer es ¿si alguna vez lo fue?

En efecto, como dan cuenta muchos reportes[1], el sistema educativo chileno desde su reforma estructural ocurrida en los primeros años de la década del ochenta del siglo pasado (1981), durante la dictadura de Pinochet, se configuró siguiendo  explícitamente la teoría neoliberal del “capital humano”.

La teoría del “capital humano”, como Foucault lo ha descrito magistralmente en su clase El Nacimiento de la Biopolítica, responde a la tendencia característica de la escuela de los llamados neoliberales americanos, que se gestan al alero de la escuela de economía de la Universidad de Chicago en la década de 1950 y 1960 comandados por autores como Theodore Schultz y Gary Becker, ganadores del premio Nobel de economía en 1979 y 1992 respectivamente, y que busca como motivo central extender la racionalidad de mercado a ámbitos considerados hasta entonces como no económicos.

Así, la teoría del “capital humano” tiene lugar como consecuencia de los esfuerzos de los economistas americanos por resituar el problema del trabajo dentro de la operatoria del mercado, no ya como un factor que vende su fuerza de trabajo para sobrevivir, si no, por el contrario, desligándolo de las lógicas de producción e intercambio, a fin de observarlo como a un sujeto definido esencialmente por su capacidad o incapacidad de tomar decisiones económicas. En tal sentido se presenta como una línea de reflexión absolutamente coherente con la ilusión de autonomía del capital que Hardt y Negri plantearan antes.

Se trata si se quiere de una operación peculiar de abstracción que sigue, sin embargo, la línea que Foucault observa, el liberalismo clásico había inicialmente trazado con la figura del homo oeconomicu. La diferencia, sin embargo, está dada por la sofisticación desplegada por los economistas americanos para concebir al trabajador como una unidad que ya no sólo, y ni siquiera fundamentalmente, dispone de una cantidad de trabajo que aporta al proceso productivo, sino que de lo que dispondría es de una condición cualitativa que puede incrementar o decrecer, pero que en todo caso lo haría en sí mismo un generador de riqueza, tal y como cualquier capital lo es. Así como la tierra genera una renta, también lo haría el trabajador puesto que, ¿qué es fundamentalmente un trabajador –se preguntarán estos economistas- sino un “capital humano”, y su remuneración, entonces, la renta que es capaz de producir de acuerdo a la rentabilidad que tenga como capital?

La idea de “capital humano” será una de las nuevas configuraciones que los neoliberales americanos atribuirán entonces al nuevo homo oeconomicu, que convendrá denominar ahora homo empresario. En efecto, la noción de empresario, y mejor aún, como Foucault lo ha destacado con originalidad, la noción de empresario de sí mismo, será la categoría rectora con la que funcionará la racionalidad económica del neoliberalismo americano.

No es difícil advertir las consecuencia que a nivel de prácticas gubernamentales esta categoría de homo empresario produce, a saber: un conjunto de intervenciones gubernamentales -desde y fuera del gobierno, conviene precisar- destinadas no sólo a difundir la figura del empresario a nivel de ideario o de ideología, sino también destinadas a intervenir directamente en la configuración del “capital humano” (cualidades productivas) de los individuos considerados como población. Ello ha dado lugar, a un conjunto de prácticas gubernamentales centradas en las llamadas políticas educacionales para el trabajo. Sin embargo, las intervenciones de gobierno inspiradas en la teoría del “capital humano” son mucho más amplias y se extienden a una gama de ámbitos que alcanza toda la vida del individuo. Citemos a Foucault en esto:

“Y por último, es necesario que la vida misma del individuo –incluida la relación, por ejemplo, con su propiedad privada, su familia, su pareja, la relación con sus seguros, su jubilación- lo convierta en una suerte de empresa permanente y múltiple” (Foucault 2007: 277)

En efecto, a los factores adquiridos del “capital humano” sobre los cuales trabajan las políticas educacionales, uno pudiera sumar también, las políticas que estimulan la asunción privada de los riesgos de la vida social y del trabajo, como la salud, la capacitación, la jubilación. Al final de cuenta si uno es un buen “empresario de sí mismo”, debería ser capaz de prever y aprovisionar los ingresos suficientes para cubrir los costos y eventualidades que enfrentará en su vida como capital. Será su responsabilidad.

 

Explicando La Revolución Estudiantil Chilena de 2011

Lo anterior permite observar la “Revolución estudiantil chilena de 2011” con otra mirada, distinta de aquella que tiende atribuirle a esta movilizaciones un carácter meramente accidental o, como se ha dicho, como expresión de un mero malestar de una “sociedad opulenta”. En efecto, las movilizaciones estudiantiles del Chile actual comienzan como protestas de actores individuales (estudiantes) que rápidamente se articulan colectivamente (Federaciones de estudiantes), que lo que piden y exigen es el alivio de su situación de endeudamiento producida por créditos gravosos adquiridos para costear su educación superior universitaria[2].  Dentro de la lógica del capital humano se trata, si se quiere, de “empresarios de sí mismos” que ven colapsada su “responsabilidad” por educarse, debido al alto costo que experimentan al hacerlo. Esto es importante tenerlo en cuenta, puesto que no es verdad que, en un inicio al menos, las movilizaciones estudiantiles alcancen masividad por una adscripción ideológica a un modelo educativo alternativo al profesado por la teoría del “capital humano”, sino más bien por un cierto agotamiento interno de dicho modelo educativo, que funcionó por años jalonado por sus propios usuarios, los estudiantes y sus familias, que veían en él la ilusión de forjarse como capitales productivos.

La sociedad chilena obligada, a sangre y fuego, a funcionar por más de cuarenta años dentro del neoliberalismo, y en particular, en el ámbito que analizamos, al alero de las teorías del “capital humano”, ha adaptado muy funcionalmente sus actuaciones a dicho modelo. De allí que no es dable sostener que el reventón inicial de las movilizaciones estudiantiles que analizamos se deba en un medida central a la maduración de un proyecto anti-neoliberal en el seno de los movimiento sociales como creen muy optimistamente algunos, al menos no en una forma articulada o contra hegemónica. Ello no significa, por cierto, que una reacción, en la forma de resistencia à la Foucault, al neoliberalismo que existe hoy en Chile no haya ganado terreno en los últimos años, pero en ningún caso ello ha ocurrido como articulación de un bloque hegemónico, en el sentido que Laclau le da a este término.

Muy por el contrario, insistimos acá, la “revolución estudiantil chilena de 2011” ha sido desde el comienzo un reventón del proceso de formación del trabajador productivo, el que incrementó brutalmente sus costos de formación debido a factores coyunturales, tales como: la mala implementación de créditos con aval del estado (CAE) o las altas tasas de interés de los mismos. En tal sentido, lejos de ser una mera revuelta estudiantil, debe considerarse propiamente como una movilización de una sociedad inmersa en el trabajo (subsunción real), cuyos individuos ven angustiosa y gravosamente incrementada sus condiciones laborales (“capital humano”) futuras (por el nivel de deuda con el que ingresarán al mercado del trabajo) y reclaman por ello.

 

Hacia el Despliegue de una Lógica Articulatoria

Sin embargo, la movilización “estudiantil” (ahora entre comillas) también muestra lo rápido que una movilización de un sector social específico, gatillada por un mal funcionamiento de la ideología de la autonomía del capital, o si prefiere del totalitarismo del capital que alcanza incluso al trabajador concebido ahora como capital, puede derivar, con articulación y lucha, en una movilización que cuestione las bases mismas de un sistema educativo inscrita en la égida de la teoría del “capital humano”.

En efecto, la demanda en contra del endeudamiento, aunque aún inscrita dentro de una idea de educación para el trabajo, confronta implícitamente la ideología subyacente de la auto-formación del trabajador como capital productivo. En esto, es importante ver la complementariedad que los análisis de Negri-Hardt y Laclau tienen para explicar acontecimientos políticos que escapan al orden normal de las cosas, o que aparentemente no son explicados desde la perspectiva de los elementos representados  en un orden establecido, a decir de Badiou.

En efecto, la “revolución estudiantil chilena de 2011” encuentra, como he dicho, en la demanda en contra del endeudamiento un significador maestro efectivo pero mutable. Se trató en una primera instancia de una demanda levantada originalmente por lo sectores estudiantiles tradicionalmente más organizados y politizados, radicados en  la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile y a lo que se sumó esta vez la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica, las dos más tradicionales y prestigiosas universidades de Chile. Sin embargo, esta demanda de carácter tradicionalmente económico permitió que la movilización estudiantil encontrará apoyo en el sector de los estudiantes universitarios más precarizados, pero con alto nivel de expectativas de movilidad social, que no están curiosamente en las Universidades de Chile y Católica, sino en las Universidades de Provincia y centralmente en los Institutos Profesionales (IP) y los Centros de Formación técnica (CFT). La extensión de esta demanda se explica en gran medida por el malestar que ella logró encarnar. Un malestar producido por el contraste entre las expectativas de asenso social y la frustración de dicha posibilidad que el sistema superior de educación chileno, no sólo universitario sino también en el ámbito de los IP y CFT, ha generado diferenciadamente.

La realidad que se confrontaba era, por una parte, el deseo de educarse de miles de hijos de familias chilenas de clase media a fin de ascender socialmente, lo que en Chile de cuarenta años de neoliberalismo es un rezo que nadie discute, con, por otra parte, un nivel abultado de endeudamiento (que ha permitido la masividad de la educación a nivel superior). Todo ello, daba lugar a situaciones tan absurdas e injustas como el que un alumno al terminar su carrera quedaba con una deuda tres veces mayor al costo ya alto de la carrera que estudiaba.

Esta demanda en contra del endeudamiento logra también encarnar la frustración material que se anida en los sectores estudiantiles secundarios, y en sus familias, que ni siquiera logran llegar a la educación superior, porque son parte de un sistema educativo segregado que los condena a una educación de mala calidad. En rigor, es en dicho sector social donde esta demanda en contra del endeudamiento hizo más carne y encontró más sentido que en el lugar donde se originó (la Universidad de Chile y la Pontificia Universidad Católica, que comparativamente hablando mantienen estudiantes más privilegiados).

Ahora bien, la “revolución estudiantil chilena de 2011” también muestra un rasgo muy peculiar que en la configuración de un proceso articulario como el descrito se produce al interior de una demanda que adquiere el estatus de significador maestro,  a saber: su capacidad de mutación o si se quiere de adecuación de su contenido particular a fin de poder encarnar una universalidad.

En efecto, la demanda en contra del endeudamiento, aunque dúctil para aglutinar en ella las frustraciones y exigencias de un sector importante y significativo de los estudiantes superiores y secundarios chilenos, así formulada -como demanda en contra del endeudamiento- no lograba aún ser un receptáculo adecuado para sumar a un tercer sector que resultó clave para la masividad inédita que alcanzaron las movilizaciones sociales en Chile durante el 2011, a saber, la opinión pública. Es por ello, que fruto, y al calor del proceso articulatorio, la demanda estudiantil antes descrita fue paulatinamente mutando hacia una demanda más abstracta, menos específica, y si se quiere más político-ideológica que levantaba ahora las banderas de la educación pública gratuita. Una demanda que así presentada, en su vaciedad, se erigía como un receptáculo ideal que progresivamente iba conteniendo energías discursivas antagónica al modelo de educación de mercado y regido por las teorías del “capital humano” que domina la sociedad chilena. Ello, a su vez, comenzaba a mostrar, por primera vez después de casi cinco décadas en Chile (desde 1973) – esperanzadoramente habrá que admitir- la articulación de un incipiente nuevo discurso contra-hegemónico.

Podemos así observar, para concluir, que la “revolución estudiantil chilena de 2011”, no sólo nos entrega motivos para adherir a una importante causa emancipadora que se está produciendo en Chile, sino además nos provee de un excelente laboratorio para observar cómo se están desplegando las luchas de articulación política en sociedades complejas como la chilena. En ello, el arsenal teórico propuesto por Negri-Hardt (la tesis de subsunción real), Foucault (la genealogía de las teorías del “capital humano”) y Ernesto Laclau (las lógicas de articulación política[3]) resultan vitales para entender, tal y como lo demuestra el caso chileno, que las luchas políticas contemporáneas están directamente enraizadas en una nueva estructura de capitalismo global (la subsunción real del trabajo al capital). La que provee el marco de actuación de las lógicas articuladoras  y de construcción de hegemonía sugeridas por Laclau. Un marco, valga precisarlo, que no determina “en última instancia” dichas lógicas como el viejo marxismo ortodoxo sostenía, sino muy por el contrario acrecienta su contingencia. Ello lleva incluso a mutaciones aceleradas en el carácter de los significadores maestros, como ocurre con el paso de la “demanda en contra del endeudamiento” a otra demanda por la “educación gratuita”, en el caso en comento. Todo ello nos obliga a agudizar nuestros análisis, a mantener una actitud crítica con nuestros marcos teóricos, y sobre todo a realizar permanentemente “análisis concretos de las situaciones concretas”. Por lo demás, la situación de la “revolución estudiantil chilena de 2011” sigue abierta, como lo deberían seguir estando también nuestros análisis.

 

 

Bibliografía

Biglieri, Paula (2011), “El Enfoque Discursivo de la Política: A Propósito del Debate sobre el Pueblo como Sujeto de una Posible Política Emancipadora. Laclau, Žižek y De Ipola”, Debates y Combates, N° 1, Noviembre de 2011, pp. 91-111.

Foucault, Michel (2007), El Nacimiento de la Biopolítica. Buenos Aires: FCE.

Laclau, Ernesto, (1990), Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo. Buenos Aires: Nueva Visión, 2000.

Laclau, Ernesto, (1994), “¿Por qué los significantes vacios son importantes para la política?” en Emancipación y diferencia. Buenos Aires: Ariel, pp. 69-86.

Laclau, Ernesto (2005), La razón populista. Buenos Aires: FCE.

Marcuse, Herbert (1968). El Final de la Utopía, Barcelona: Editorial Ariel.

Marcuse, Herbert (2010). El Hombre Unidimensional, Barcelona: Editorial Ariel.

Marx, Karl (1973), Los Fundamentos de la Economía Política, trad. Alberto Corazón. Madrid: Siglo XXI.

Negri, Antonio y Hardt, Michael (2003). El Trabajo de Dionisio, Madrid: Ediciones Akal.

Žižek, Slavoj y Daly, Glyn (2004). Conversations with Žižek. Cambridge: Polity Press [Trad. español: Arriesgar lo imposible. Conversaciones con Glyn Daly. Madrid: Editorial Trotta, 2005].



[1] Véase lo reportes y publicaciones del Observatorio Chileno de Políticas Educativas de la Universidad de Chile, disponible en http://www.opech.cl/inv/inv.html  (consultado el 20.01.2012)

[2] Para una secuencia de los hitos más importantes que marcaron la “revolución estudiantil Chilena 2011”, véase: http://www.dipity.com/Cecso/Movimiento-Estudiantil-2011/ (Consultado 06.02.2012)

[3] Véase también Biglieri (2011: 91-111)

 

 

 

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